Estos últimos cinco días he estado trabajando en la casa de un importante empresario.
Un chalet enorme en una de las zonas más caras de la ciudad.
Solo el garaje era más grande que mi casa familiar del pueblo.
Piscina con jacuzzi,
gimnasio,
cuatro coches,
cinco motocicletas,
una pista de padel
y
un enorme jardín con merenderos y mecedoras.
Realmente un chalet de categoria.
Tres chicas guapísimas se dedicaban a la limpieza de la casa.
Un jardinero muy musculado perfilaba el cesped durante cinco horas diarias, mientras la señora, cincuentona teñida de rubio platino con mas de siete operaciones estéticas entre la cara y las tetas, pasaba las mañanas bebiendo Martinis tumbada al Sol.
Pensé en meterle cuello el primer día, en hacerme durante un tiempo su querido.
Iría todos los dias al chalet a limpiarle los agujeros, pero esta vez los de su cuerpo.
Pero seguro que el jardinero se la follaba. Y si no se la follaba, al menos eso suele pasar en las películas.
Así que desistí y me limité a mi cometido, limpiar las cañerias de la fuente del jardín.
Al tercer día ya había limpiado todas las cañerias, pero no dije nada, y alargué el trabajo dos días más. Lo único que hacía era rascarme los sobacos y buscarle las vueltas a una de las chicas de la limpieza.
Se llamaba Verónica. Algo entradita en carnes, morena de pelo largo y ojos verdes. Me volvía loco
su forma de mover el culo al andar, ese bamboleo de su trasero era hipnótico y me aposté cincuenta de los grandes conmigo mismo a que llevaba ensayando ese movimiento desde los dieciocho años. Sin olvidar el morbo que siempre me han dado los uniformes de las chicas del servicio.
Todas las mañanas salía al jardín a limpiar los merenderos y yo aprovechaba para charlar con ella e invitarla a un cigarrillo. Me contó que llevaba dos años trabajando en el chalet.
Antes de trabajar allí, había sido camarera en un Restaurant de lujo en la ciudad.
Fue allí donde conoció al señor. Este acudía al Restaurant todos los dias para almorzar y fue él quien le ofreció el puesto de chica de servicio en su casa.
Le pregunté entonces si se lo follaba.
Me contestó apagando el cigarrillo en un cenicero que ella no limpiaba ni en su casa.
- Cuando me contrató, él sabía que no me gusta limpiar, que hago mejor otras cosas.
Entonces alargué la mano, la cogí por la cintura y la atraje hacía mí. Pude oler el aliento de su boca a pocos centímetros de mi cara. Pero en ese momento puso sus dedos sobre mis labios y me susurró al oido:
- No es este paquete el que me interesa - mientras paseaba la mano izquierda sobre el bulto de mi entrepierna - sino este - a la vez que me daba cachetes con la mano derecha en el bolsillo trasero del pantalón donde guardo mi cartera.
- ¡A la mierda! - grité - Ese cabrón es un tipo con suerte.
- Que vá...es simplemente un tonto con suerte. Montó una constructota hace años con un dinero familiar y le va bien.
- Como me gustaría decírselo a la cara.
-¿Decirle el qué?
- Pues eso, que es un tonto con suerte.
- Si tienes huevos de decírle eso, te dejó pasar una noche en mi cama.
- ¿Y solo te fijaras en el bulto de mi entrepierna?
- Solo.
- ¿Y el jardinero? - pregunté.
- ¿Que quieres follarte al jardinero?
- No...coño...quiero decir, ¿y el jardinero se tira a la señora?
- Pues claro.
- Lo sabía, joder. Las películas nunca mienten. O es la gente la que se fija en las películas para sobrellevar sus aburridas vidas.
A partir de ese momento borré de mi cabeza la idea de echar un polvo en aquel chalet y pasaba las mañanas sentado junto a la fuente del jardín con la única compañía del Whisky de mi petaca y matando cigarrillos, esperando que llegara el viernes para cobrar y volar a otro tajo.
Fue el viernes, a las dos en punto de la tarde, cuando el dueño del chalet vino a verme.
Era un tipo bajito, calvo, con barba, de ojos pequeños, verruga en la frente y una tripa demasiado hinchada que amenazaba con hacer explotar uno de los botones de su camisa.
Yo estaba medio borracho sentado en una butaca del jardín. Había dejado la petaca vacía. Era la primera vez que veía a este tipo y lo tuve claro. El típico tonto con suerte.
Le expliqué que había sido un trabajo duro, que aquellas cañerias eran viejas y dificiles de limpiar, pero que soy un tipo al que le gustan los retos.
- Estas cañerias han quedado perfectamente, señor De las Moras.
- Perfecto. Perfecto. Tengo aquí el sobre con lo que le debo, y además, le he metido un piquito de más por los pocos problemas que ha ocasionado su trabajo en el funcionamiento normal de la casa.
- Muchas gracias. Ha sido un placer, señor De las Moras.
Recogí mis cosas y me dirigí hacía la puerta de salida. Vi a Verónica como me miraba fijamente desde una de las ventanas de la casa. No le hice ningún gesto. Me detuve. Dejé mis cosas en el suelo y saqué un cigarrillo. Dí media vuelta y pregunté:
- Señor De las Moras ¿tiene fuego?
- Si claro.
- ¿Quiere un cigarrillo? - le ofrecí.
- No gracias, solo fumo puros.
- Claro...debí suponerlo... oiga...¿ese coche rojo es un porsche?
- Si.
- Vaya tiene que ser increible dar una vuelta en uno de esos cacharros.
- Si...aunque mejor que dar una vuelta, es tener uno en propiedad, ¿no cree?
- Bueno señor De las Moras...es mejor ser llevado en un porsche rojo que tener uno.
La suerte del tonto es sagrada.
Volví a recoger mis cosas del suelo, abrí la puerta de salida y miré hacía la ventana.
Verónica seguía allí, mirándome.